Aunque a primera vista puede parecer una ligera fiebre, de tan sólo unas décimas, el Mediterráneo está que arde; entre 1948 y 2006 el aumento medio de la temperatura de las aguas superficiales en el litoral español se incrementó entre los 0,12 y los 0,5 grados centígrados. Esta cantidad, en principio insignificante, adquiere otra dimensión si tenemos en cuenta que el agua necesita un largo periodo de tiempo para calentarse o para enfriarse. Lo que implica, en la práctica, que pequeñas elevaciones de temperatura requieren que el mar absorba cantidades ingentes de calor.
El calentamiento del Mediterráneo progresa a un ritmo que duplica la tasa de calentamiento del océano global y diferentes estudios realizados sobre organismos marinos muestran evidencias claras de que este cambio afecta a los ecosistemas marinos y que sus efectos adversos ya han comenzado a apreciarse en hábitats como las praderas de Posidonia oceanica, que muestran síntomas de deterioro asociados a esta perturbación.
"Junto con el Ártico, el Mediterráneo es uno de los lugares más sensibles al calentamiento global, explica Susana Agustí, investigadora del Imedea (Instituto Mediterráneo de Estudios Avanzados, centro mixto del CSIC y de UIB) y aunque presenta sus propias peculiaridades funciona como un océano en miniatura, en él se reproducen los mismos procesos que operan en los grandes océanos, por lo que es un laboratorio ideal que puede servir de modelo para el estudio de los impactos de este fenómeno a gran escala".
En la naturaleza los fenómenos no están separados en compartimentos estancos, todo está relacionado y cuando algo se altera se pone en marcha una cadena de imprevisibles consecuencias que acaba afectando a la totalidad y, en ocasiones, de una manera que quizás no es la que habíamos imaginado, porque todo cambio conlleva riesgos asociados.

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